Tiempo y trabajo no son excusas

Ya se fueron los primeros días del año, esos que nos emocionan por los nuevos retos y experiencias que vienen, en los que muchas personas se proponen grandes cambios en sus vidas. Pero también son los días en que a la mayoría nos toca dejar las vacaciones y volver a la “realidad”, a nuestras rutinas.

Aunque todos somos diferentes, hay algo en lo que nos parecemos mucho: todos buscamos la felicidad, de alguna u otra forma. Y justamente el año nuevo parece ser el momento en que muchos coinciden para empezar a buscarla. Nos emocionan los inicios, las nuevas historias y queremos ser los protagonistas de una vida satisfactoria.

Hacer más ejercicio, leer más libros, aprender un nuevo idioma, visitar más a la familia… La lista de propósitos es grande y esperanzadora, y estamos seguros que nos acercarán a esa anhelada felicidad. Pero hay dos factores específicos de los que dependen muchos de esos propósitos, y eventualmente son a los que les echamos la culpa de no poder cumplirlos todos: el trabajo y el tiempo.

“Es que tengo demasiado trabajo”

Trabajo: unos lo tienen, otros lo buscan. Unos lo quieren tal como es, otros lo quieren cambiar. Para algunos es una bendición, para otros es una tortura. Pero un hecho que no podemos obviar es que el trabajo es necesario. Y no se trata solo de dinero; el trabajo es necesario porque, como seres humanos, tenemos que desarrollarnos y crecer. Necesitamos mantenernos ocupados y aportar para que el sistema funcione y camine. Y, como dicen por ahí, el trabajo dignifica.

Pero entonces, si el trabajo es necesario, nos hace crecer, nos permite obtener el dinero para satisfacer nuestros requerimientos básicos… ¿por qué no es suficiente para hacernos felices, y por qué incluso lo culpamos por obstaculizar nuestro camino a la felicidad? ¿Por qué arrugamos la cara los lunes, cuando nos toca iniciar la semana laboral? Con los años me he dado cuenta que no es culpa del trabajo, es culpa de nosotros mismos. Aunque suene ilógico, queremos ser felices pero no nos dejamos serlo.

Vivimos en una sociedad en la que somos reconocidos por lo que hacemos, en la que el éxito se mide en grados y números (específicamente títulos y salarios). Eso es un hecho. Entre más títulos y mejor salario tenga una persona, lo lógico es que tenga lo esencial para ser feliz. Eso es un supuesto, por lo tanto, no es necesariamente cierto.

Entonces, si ya sabemos que más títulos y más dinero no son la fórmula mágica para ser felices, ¿por qué seguimos tan obsesionados con trabajar más? Aquí podemos caer en el vicio de echarle la culpa a todo: a nuestro jefe, al sistema, incluso al gobierno si queremos. Pero esa no es la respuesta. La cruda verdad es que no sabemos ponerle un límite a nuestro trabajo. Y esto no se trata de la cantidad, es meramente de calidad: no trabajar más, sino trabajar de forma más inteligente. No, no somos tontos, es que no nos han enseñado que es posible trabajar de otra forma.

Estamos dejando que una labor se apodere de nuestras vidas y nos aparte de cualquier otro aspecto que merezca nuestra atención: ejercicio, libros, un nuevo idioma, la familia, incluso nosotros mismos como personas. Y nos dejamos engañar por la peor mentira que existe: mucho trabajo es sinónimo de éxito. No, estar siempre ocupado no es sinónimo de ser exitoso. Tenemos que dejar de sentirnos orgullosos de decirle a los demás lo ocupados que estamos para que nos admiren. Recargarnos de funciones solamente nos creará una innecesaria apatía hacia el trabajo y por eso caemos en la costumbre de relacionar “la realidad” con trabajo, y el trabajo con algo negativo.

Ahora, como ya sabemos que no todo en la vida es -ni debe ser- trabajo, pasemos al segundo elemento, que es muy importante para aprender a no trabajar más, sino trabajar mejor: el tiempo.

“No tengo tiempo”

El día tiene 24 horas. Más o menos podemos dividirlo así: 8 horas para dormir, 8 para trabajar, 8 horas para hacer todo lo demás que no tenga que ver con trabajo. Una parte importante de ese tercio del día se gasta en transporte (el caos vial es inevitable) pero aún en el peor de los casos nos siguen quedando unas 4 horas libres por día para hacer “cosas”. ¿Qué estamos haciendo realmente en esas horas para andar diciendo siempre que el tiempo no nos alcanza?

Por experiencia propia, sé que la respuesta casi siempre es una de dos cosas: trabajar más o procrastinar.

Nuestra excusa favorita es decir que no tenemos tiempo porque tenemos que trabajar mucho, pero muchas veces ni siquiera estamos trabajando, sino que estamos evitando hacerlo. Aceptémoslo.

Procrastinación. Hay personas que se refieren a dicho acto como “hacer nada”. Al contrario, es hacer mucho, hacer todo lo que se pueda hacer: jugar, ver televisión, leer, investigar sobre algún tema de interés, conversar amplia y calurosamente con los compañeros en la oficina sobre política o sobre el partido de anoche, ver videos en Internet, llamar a la mamá y tener una larga conversación, interrumpir el trabajo para tomar un bocadillo y darse cuenta que no hay suficientes huevos en la refri, entonces hay salir a comprar más ya, y de paso desviarse al cajero por efectivo y luego ir por los huevos…

Procrastinar es hacer muchas cosas, menos lo que realmente hay que hacer en un momento específico. Difiero de los que opinan que son cosas poco productivas o sin importancia, porque cuando se procrastina se puede desde limpiar la casa completa hasta sacar un artículo académico. El problema no está en lo que se haga, es en lo que no se hace -que justamente es lo que hay que hacer-. ¿Y qué es lo que generalmente hay que hacer? Trabajar.

La procrastinación no es mala, a veces es necesaria, pero irónicamente hasta “perder el tiempo” tiene su tiempo. Hay veces que se puede aplazar una tarea si no se tiene la concentración o la motivación suficiente para realizarla bien, pero hay que saber manejar los recesos mentales para que no se conviertan en problemas.

Algo que me ha servido mucho es procrastinar como premio: si ya logré terminar una tarea, me permito unos 10 minutos para despejarme y luego volver a trabajar. Si logro finalizar otra asignación, el premio es “hacer nada” por otros 10 minutos. Gracias a eso, en los últimos meses me siento menos estresada a nivel general, me concentro más y soy más productiva. Como saco pequeños espacios de procrastinación durante el día, ya no me hace falta utilizar dos o tres horas completas para “descansar”.

Entonces, recapitulando, el problema no es el tiempo, el trabajo o la combinación de ambos, sino la forma en que los abordamos. Sí tenemos suficiente tiempo y no siempre tenemos tanto trabajo como decimos, lo que pasa es que aún no sabemos acomodar ambos elementos para que jueguen a nuestro favor.

¿Vivir para trabajar o trabajar para vivir?

Hace un par de meses un compañero me hizo esta pregunta. Mi respuesta fue, y sigue siendo: ninguno de los dos. Tanto el trabajo como nuestro tiempo personal son igual de importantes y necesarios el uno para el otro. Necesitamos trabajo para sobrevivir, pero también necesitamos tiempo personal para descansar, para desarrollar relaciones interpersonales, para cuidar nuestra salud y para cultivar nuestro conocimiento. El trabajo es muy importante porque nos provee de dinero para poder pagar las cuentas, los servicios médicos, los estudios y las salidas con amigos o familia. Pero todas esas cosas son igualmente importantes porque sin salud y descanso no estamos en el estado óptimo para trabajar, los estudios nos pueden abrir la puerta a mejores condiciones laborales y los amigos y la familia nos permiten despejarnos y son nuestro mayor apoyo en buenos y malos momentos.

Lo primero que tenemos que hacer es aceptar que la responsabilidad de cumplir nuestros propósitos y ser felices recae principalmente en nosotros. No podemos enfocarnos en echarle la culpa a los factores externos por nuestros tropiezos. También tenemos que reconocer que muchas de las cosas que queremos lograr requieren esfuerzo y dedicación, hay que ser constantes y pacientes. Si llega febrero y no hemos bajado los 10 kilos, bueno, tal vez la meta no era tan realista, pero no tiremos la toalla. Mejor veamos el kilo que sí pudimos bajar, y replanteemos la fecha límite o el método que estamos usando.

 

Tampoco nos hagamos una lista gigante de cosas que queremos lograr, porque es más probable que terminemos con muy pocos ítems tachados, no por falta de tiempo ni mucho trabajo, sino porque no supimos priorizar. Es mejor tener una lista más corta pero factible, y terminar el año con varias listas pequeñas pero todas tachadas, que una sola intacta.

Predicar con el ejemplo

Hablar sobre todo esto puede ser muy fácil, incluso yo solía pensarlo cada vez que leía un artículo al respecto. Todo el tema en general me parecía superficial y difícil de concretar, pero después de pasar algunas experiencias no muy placenteras -pero de las cuales decidí sacar buenos aprendizajes- me di cuenta que lo que me faltaba era voluntad. Nadie se va a detener para arreglarme la vida, pero tampoco me van a reclamar si no logré leerme todos los libros que quería o no aprendí otro idioma de aquí a diciembre. Si quiero sentirme más feliz y realizada, sentir que el tiempo me alcanza para más y que estoy manejando mejor mi trabajo, entonces yo sola tengo que poner el tren a andar. Eventualmente se me unirán personas que me ayuden a impulsarlo, pero el primer chispazo tiene que ser personal.

Hablo con mucha propiedad sobre estos temas porque si había una experta en usar la famosa excusa de “no tengo tiempo porque tengo mucho trabajo que hacer”, esa era yo. Ya hasta me lo estaba creyendo. Sí, siempre he tenido trabajo (en los últimos 8 años he sido una trabajadora de tiempo completo con medio tiempo de estudio y además mamá, simultáneamente) pero aún así, siempre he tenido mucho tiempo libre. Solo que no lo sabía, de eso me di cuenta hasta el año pasado. Antes de saberlo, pensaba que estaba muy ocupada por culpa del trabajo y/o la falta de tiempo. Resulta que no, era culpa solamente mía por no utilizar mejor mi tiempo.

Cuando la gente me pregunta cómo hice para poner mi vida en orden y lograr cambios importantes, la respuesta es muy clara: dormir más. Así de sencillo. Siempre he sido muy dormilona, valoro mis horas de sueño como si fueran un tesoro. Entonces, cuando me di cuenta que estaba dejando de dormir por trabajar a las 11 de la noche, o por empezar a hacer algo hasta las 8 de la noche cuando estuve procrastinando desde las 3, y que mi falta de sueño me tenía de mal humor y con dificultad para concentrarme, supe que tenía que detenerme y reorganizar mis prioridades. Entonces puse el sueño como una. Y de ahí lo demás fluyó.

Los primeros días me obligué a dejar de trabajar en el momento que finalizaba mi horario laboral. Por supuesto que los siguientes días terminé agotada por la carga de trabajo y pensé que si le dedicaba “unos cuantos minutos” en la casa a esas tareas, podría terminarlas antes. Pero no, me prohibí ver siquiera un correo del trabajo en la casa y me dediqué a otras cosas, especialmente ponerme al día con el sueño.

A la semana, como ya me estaba acoplando a esa nueva rutina y ya estaba más descansada, me podía concentrar más durante las horas de oficina y podía avanzar en mis labores más rápido. Cuando llegaba el momento de almorzar, quitaba todo lo que fuera trabajo de mi vista, me dedicaba solamente a comer y luego retomaba el trabajo. Suena sencillo pero la verdad cuesta. Al principio sentía culpa por no estar trabajando todo el tiempo, ya luego sentía culpa por estar trabajando tanto en vez de estar con mi familia, leyendo un buen libro o completando un curso en línea.

Con el asunto del tiempo dominado, empecé a experimentar con técnicas de productividad y entonces conocí la técnica Pomodoro, creada por Francesco Cirillo y adaptada a una versión más sencilla por Chris Winfield. Empecé con escepticismo pero funcionó, y ahora puedo decir con confianza que me ayudó a reorganizar mis días. Trabajar 25 minutos sin interrupciones, luego tomar un receso de 5 minutos y volver a trabajar sólo por 25 minutos. Es una forma mucho más manejable de administrar el día.

Solo hasta que le gané la batalla a la falta de sueño, empecé una lucha nueva. Primero fue tomar más agua, luego volver a hacer ejercicio, después logré terminarme tres libros pendientes en dos meses. Pero no hay que olvidar que los logros son acumulativos: con cada uno nuevo hay que saber manejar bien los recursos para no dejar los anteriores abandonados.

Imagino que hasta este punto habrá muchos esperando la solución, la receta mágica. Pues lamento decirle que no la tengo. Pero sí puedo decirle una cosa: vaya véase al espejo, ahí está la respuesta. La solución a todos esos problemas de tiempo y trabajo está en uno mismo, es una cuestión de actitud. ¿Quiere recuperar su vida, no sentir que su trabajo lo está asfixiando y tener suficiente tiempo para poder cumplir todas sus metas? Bueno, tómeselo en serio, al fin y al cabo es su vida y no hay nada más serio que eso.

Sí puedo ofrecer algunas recomendaciones, desde mi experiencia personal:

  • Intente un cambio a la vez, y sepa de antemano que para ver resultados tendrá que esperar semanas, hasta meses.
  • Olvídese de los propósitos de año nuevo, mejor tenga propósitos de vida. Tiene 365 días completos (este año incluso tiene uno más) para alcanzar sus metas, no solo enero y febrero. Y si llega diciembre y todavía no lo ha logrado, siga, los años no se detienen. Tampoco se limite a empezar proyectos en enero, tiene otros 11 meses disponibles. Estoy segura que no hay nadie pidiéndole cuentas ni tomándole el tiempo para cumplir sus propósitos personales, así que no se preocupe por el paso de los demás, no se compare y concéntrese en lo suyo.
  • Celebre los pequeños logros. Si la meta principal es ser feliz, entonces hágase feliz poco a poco. Sirve ser un poco más optimista y ver los retos como oportunidades, no como obstáculos.
  • Pruebe diferentes métodos, lea y averigüe sobre técnicas, herramientas, aplicaciones y cuanta cosa exista que le ayude a sentirse más organizado. Hay dos aplicaciones específicas que me gustan mucho y las uso a diario para el trabajo, e incluso para organizar mi vida personal: Trello (para hacer listas, tomar notas y llevar el orden de lo que estoy haciendo) y Toggl (para medir cuánto tiempo estoy invirtiendo en cada tarea).

Sentir que se recuperó el orden y el control sobre la propia vida es de lo más satisfactorio y debería ser un logro por sí mismo. Cuando lo hice, fue cuando finalmente me convencí de que sí tengo tiempo, no tengo más trabajo del que pueda manejar y cada vez que tacho un ítem de mi lista de propósitos, me siento más feliz y realizada que nunca.

Ya para terminar, por si todo esto que escribí con cuidado y dedicación no le convence, déjeme decirle que tengo 25 años y hasta hace una semana no sabía conducir un automóvil. La excusa: “tengo demasiado trabajo, por lo que no tengo tiempo para tomar clases”. El lunes pasado me dejé de pretextos, llamé a un instructor. Empecé clases el martes. El miércoles ya me estaba llevando el carro a mi casa desde mi trabajo. No era falta de tiempo ni demasiado trabajo, era un poco de miedo, pero sobre todo, falta de voluntad.

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Lea esta entrada en inglés aquí.

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